Por una política de unidad frente a la división ideológica

En los últimos años, hemos asistido a una transformación profunda —y preocupante— en la forma en que se entiende y ejerce la política. Lejos de ser un espacio de deliberación, consenso y construcción colectiva, la política contemporánea ha sido colonizada por una lógica de fragmentación: divide para reinar. Esta dinámica, alimentada por una lectura sesgada del mundo a través de categorías identitarias rígidas y una retórica inspirada en esquemas marxistas de opresor-oprimido, ha terminado por fracturar sociedades enteras, erosionando el tejido social y paralizando la capacidad de acción colectiva.

El llamado “mundo woke”, con su énfasis en la corrección política extrema, no busca la justicia, sino la imposición de una narrativa moralizante que asigna roles fijos: victimarios y víctimas, privilegiados y marginados, salvadores y salvados. Este enfoque no solo simplifica injustamente la complejidad humana, sino que convierte cualquier desacuerdo en una acusación moral. En lugar de promover el diálogo, criminaliza la disidencia; en vez de construir puentes, erige muros simbólicos entre ciudadanos que, en esencia, comparten más de lo que los separa.

Esta polarización no es accidental. Es funcional a quienes se benefician del caos político: actores que necesitan enemigos permanentes para justificar su existencia, medios que viven del escándalo y activistas que han sustituido la persuasión por la cancelación. El resultado es una sociedad atomizada, donde la confianza mutua se desvanece, el debate racional se ve reemplazado por la confrontación emocional y la cooperación institucional se vuelve casi imposible.

Pero hay una alternativa. Una política madura no puede basarse en la división permanente, sino en la búsqueda constante de puntos comunes. La verdadera democracia no consiste en silenciar al adversario, sino en entenderlo. No se trata de negar las injusticias reales —que existen y deben abordarse—, sino de hacerlo sin sacrificar la cohesión social ni la dignidad de nadie. La justicia no puede construirse sobre la humillación del otro, porque eso no es justicia: es venganza disfrazada de progreso.

Es urgente recuperar una visión de la política como arte de lo posible, como espacio de encuentro donde las diferencias se resuelven mediante el diálogo, no mediante la exclusión. Esto implica rechazar tanto el populismo autoritario como el progresismo punitivo. Ambos extremos comparten un mismo defecto: ven al otro como enemigo, no como conciudadano. Y cuando se pierde esa distinción fundamental, la democracia se debilita.

La unidad no significa uniformidad. No se trata de imponer un pensamiento único, sino de cultivar un pluralismo respetuoso. Una sociedad sana es aquella capaz de contener tensiones sin romperse, de discutir sin odiar, de disentir sin excluir. Eso requiere líderes que no busquen seguidores fanáticos, sino ciudadanos críticos y comprometidos; que no apelen al resentimiento, sino a la esperanza compartida.

Además, es necesario reconocer que muchas de las categorías que hoy dominan el debate público —raza, género, orientación sexual, clase— son importantes, pero no son lo único que define a una persona. Reducir a los individuos a una sola dimensión de su identidad es una forma de deshumanización disfrazada de empatía. Las personas son complejas, cambiantes, contradictorias. La política debe reflejar esa complejidad, no aplastarla bajo etiquetas prefabricadas.

Finalmente, la unidad no es un ideal ingenuo, sino una necesidad práctica. Los grandes desafíos de nuestro tiempo —el cambio climático, la inseguridad, la desigualdad económica, la crisis de la democracia— no pueden resolverse desde trincheras ideológicas. Requieren consensos amplios, soluciones técnicas y voluntad colectiva. Y eso solo es posible si dejamos de ver a nuestros conciudadanos como amenazas y empezamos a verlos como aliados potenciales en la construcción de un futuro común.

En definitiva, la política debe volver a ser un puente, no una barrera. Un instrumento de reconciliación, no de confrontación. Porque una sociedad dividida no puede avanzar; solo puede girar en círculos, consumida por sus propios fantasmas. El momento exige liderazgo valiente, capaz de decir lo impopular: que somos más fuertes juntos, que nuestras diferencias no nos condenan a la guerra cultural, y que el verdadero progreso no se mide por cuántos enemigos hemos derrotado, sino por cuántos vecinos hemos logrado entender.